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Los memes áureos

La colección de publicaciones del GRISO cuenta entre sus filas con un nuevo libro: El arte de hablar callando. El meme: transmisor de conceptos del Siglo de Oro, una apuesta por la combinación de palabra e imagen con el objetivo de difundir los tópicos culturales y literarios del Siglo de Oro.

portada hablar callando

Los cien memes que integran este proyecto buscan establecer un juego visual y textual entre emisor y receptor. Así pues, están integrados por una imagen que funciona como apoyo visual y puerta de acceso al marco cultural e histórico del siglo XVII; un lema que suministra la información pertinente para que el receptor comprenda un determinado mensaje sobre diferentes ámbitos del citado periodo; finalmente, una glosa que explica la unión de imagen y frase y desarrolla brevemente la teoría o concepto que se pretende transmitir y divulgar.

El meme supone una reducción y modificación de la forma del artículo científico tradicional, pero sin perder por ello capacidad y rigor divulgativos. De esta forma se demuestra que, si bien un texto puede significar sin imagen, y una imagen valer más que mil palabras, no vale ni significa menos, –al contrario–, una combinación de ambas: una imagen acompañada de unas certeras, precisas y breves palabras.

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Conceptos relacionados con el campo semántico del poder: el caso de ostentar y detentar

mariademolina

María de Molina

Las investigaciones que tratan cuestiones relacionadas con el ámbito de la autoridad y el poder en el Siglo de Oro suelen recurrir a palabras y sintagmas tales como monarquía, política, privanza, razón de Estado, diplomacia, tiranicidio o conflicto bélico, entre otros. En principio, su uso no supone demasiados problemas.

   Sin embargo, hay otros significantes pertenecientes al campo semántico de la autoridad y el poder que sí pueden ser algo más guerreros. O con los que yo al menos he entrado en conflicto bélico… Se trata, en concreto, de los verbos ostentar y detentar, que hasta el momento consideraba sinónimos, cuando, en realidad, presentan un significado opuesto.

   Así, el verbo ostentar queda definido en su tercera acepción por el DRAE (solo en su versión digital, correspondiente al avance de la vigésima tercera edición) como ‘Tener un título u ocupar un cargo que confieren autoridad, prestigio, renombre, etc.’. Por su parte, el verbo detentar tiene como primera acepción ‘Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público’.

   A partir de ahora, por tanto, y teniendo en cuenta estas acepciones, tendré que afirmar, por ejemplo, que María de Molina, modelo de buen gobernante, ostenta el poder, pero que la impía Jezabel, antítesis de aquella, lo detenta. Cosas del poder…

JEZABEL

Jezabel

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Reinas mitológicas: una aproximación a la figura de las amazonas

    Los escritores del Siglo de Oro, conocedores de la mitología clásica, presentan en sus obras un continuo proceso de reinterpretación del mito a través de su transformación, adaptación y actualización, aprovechando el argumento clásico para entretejer la comedia de acuerdo a las convenciones teatrales vigentes.

   Entre la galería de personajes mitológicos que desfilan por las obras teatrales barrocas aparecen reinas que combinan atributos guerreros y heroicos, como son las amazonas y Dido. Figuras que son desarrolladas conforme al gusto e interés del dramaturgo y de la época, y que reflejan el tipo de la mujer varonil, integrante habitual del repertorio de personajes de la comedia áurea.

   Los escritores del Siglo de Oro aceptan la tradición clásica en que se inscriben estos personajes, pero la ajustan para elaborar y desarrollar a partir de ella unas figuras femeninas complejas cuyos rasgos esenciales se sitúan, en la mayoría de los casos, fuera de los límites correspondientes a la mujer, a la que convierten en protagonista de conductas controvertidas que serán finalmente encauzadas dentro del marco fijado por la estructura social convencional.

   Fueron varios los dramaturgos que se interesaron por llevar y adaptar a las tablas el mito de las amazonas belicosas: el primero de ellos fue Lope de Vega, que convierte a estas míticas guerreras en personajes de sus comedias Las justas de Tebas y reina de las amazonas (c. 1596), Las grandezas de Alejandro (1604 – 1612) y Las mujeres sin hombres (1621); posteriormente, recrearon estas figuras mitológicas Tirso de Molina, con Amazonas en las Indias (1635), y Antonio de Solís, con Las amazonas (1681).

(Resumen de la comunicación para el ‘II Congreso de Jóvenes Investigadores del Siglo de Oro’ // agosto – 2012)

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La reina Cristina de Suecia: dilema entre poder y religión

   La reina Cristina de Suecia fue una figura histórica controvertida del XVII en cuyos rasgos personales (independencia, orgullo, valentía o erudición, entre otros) vieron varios dramaturgos la posibilidad de una recreación dramática. Así, Calderón, en su auto La protestación de la fe (1656) y en su comedia Afectos de odio y amor (1658), y Bances Candamo, en ¿Quién es quien premia al amor? (1668) convierten a esta reina, aprovechando su propia personalidad, en un personaje erudito y esquivo ajustado a las características de la mujer varonil teatral.

   La reina Cristina de Suecia fue, sin duda, una de las mujeres más llamativas de su época, admirada por la capacidad con que desempeñaba su papel tanto de reina como de mujer, cuya base era una esmerada educación y su ulterior desarrollo en un ámbito sociopolítico dominado y controlado por los hombres.

   En concreto, uno de los episodios que suscitó más interés de la vida de esta reina fue el de su conversión a la fe católica, lo que le impedía continuar como gobernante de Suecia, país cuya religión era el protestantismo; por ello, se vio obligada a abdicar para mantener la coherencia en sus creencias.

   Esta realidad histórica llamó la atención de escritores como Calderón de la Barca y Francisco de Bances Candamo, quienes vieron en ella una figura muy interesante para el desarrollo teatral debido a su polémico carácter y a la admiración y curiosidad que despertaba. A esto, además, hay que añadir los intereses políticos de la monarquía española que, como estandarte del catolicismo, veía en la reina sueca un importante aliado en las luchas religiosas contra los países del norte y en la contienda territorial contra los franceses.

(Resumen del artículo publicado en la revista Theatralia, nº 14)

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Autoridad y poder: la figura de la reina en el teatro del Siglo de Oro

   La reflexión sobre el ejercicio de poder y el gobierno justo a finales del siglo XVI y durante el siglo XVII no solo se discute en numerosos tratados políticos, sino también sobre los escenarios teatrales. Las comedias que indagan en las estructuras del poder, el funcionamiento, conductas y modos de proceder de los poderosos, el modelo de rey, el arte del buen gobierno, o la situación del valido son muy abundantes en el Siglo de Oro; un periodo de profunda crisis, no solo política, en el que se intenta mostrar una doctrina general sobre el monarca y el ars gubernandi, bien a modo de espejo de príncipes, bien como ejemplo a contrario.

   La visión que se proporciona de la figura del rey se ajusta a los parámetros y criterios que constituyen y definen el código del que es uno de los temas esenciales del género teatral: el de la monarquía teocéntrica. A través de este sistema, se establece que el poder procede de Dios, quien lo da al rey para que lo ejerza de manera correcta. Si el monarca se comporta de acuerdo a su papel y cumple la función y misión que le ha sido encomendada por Dios, se le puede considerar un monarca justo.

   No obstante, aunque esta sea la perspectiva más frecuente, en las comedias áureas también es posible detectar comportamientos errados y equivocados en los reyes: si se comporta como un simple mortal, haciendo de su gusto la ley, el monarca puede terminar cometiendo errores que repercuten negativamente en el orden social. La explicación a este modo de proceder del rey se explica mediante un desdoblamiento de su figura; un doble cuerpo, al que alude en muchas ocasiones el propio monarca: por un lado, el cargo; por el otro, el hombre. O en el caso que aquí se trata, la mujer, sobre la que recae la responsabilidad del gobierno de sus reinos.

   Al igual que ocurre con la figura del rey, se pueden distinguir también dos grupos de obras según el modelo de reina que se presente: por una parte, aquellas que exaltan a mujeres ilustres e intachables desde el punto de vista de la conducta moral. Las mujeres representadas en estos textos dramáticos son personajes excepcionales, que se caracterizan por poseer virtudes que no se consideraban en aquella época propiamente femeninas, como son la fortaleza de espíritu, el arrojo, la templanza, la magnificencia o la continencia, así como la capacidad de liderazgo, la habilidad militar y el valor guerrero. Rasgos, todos ellos, por los que reciben la denominación de mujeres varoniles. Por otra parte, también se llevan a escena reinas de reputación ambigua o con fama de malvadas y perversas, que responden al tópico del mal gobernante y que se caracterizan por presentar los vicios opuestos a las virtudes antes mencionadas: debilidad de espíritu, temeridad o injusticia, entre otros.

(Resumen de  la comunicación leída en el congreso de AISO de julio de 2011)